Cuando la tierra tiembla lejos: Duelo Migratorio y la distancia

Llevo muchos meses sin escribir. La verdad es que la última entrada de este blog estuvo dedicada a la regularización extraordinaria y, desde entonces, han pasado muchas cosas. Por eso hoy, quiero hablarte del Duelo Migratorio desde todos estos aprendizajes.

Dejé Madrid después de dieciséis años, cambié de trabajo y, casi sin darme cuenta, también cambié las gafas con las que miro la migración y las historias migrantes. A veces, los cambios no solo transforman el lugar desde el que trabajamos, sino también la manera en la que observamos, escuchamos y acompañamos las realidades de otras personas.

Durante estos meses he estado acompañando emocionalmente a personas que atraviesan procesos de duelo migratorio y realizando labores de contención emocional en situaciones de crisis, a las personas afectadas por el terremoto ocurrido en Venezuela y Colombia. Han sido experiencias intensas, llenas de dolor, incertidumbre y vulnerabilidad, pero también de humanidad, resistencia y capacidad de sostenernos colectivamente.

Además, esta semana he participado en el proyecto europeo Moving Grief, un espacio en el que he podido escuchar, reflexionar, formarme, explorar y compartir experiencias con personas de Finlandia, Grecia y España. Algunas somos migrantes y otras no, pero todas compartimos un mismo objetivo: generar conocimiento y herramientas para comprender y abordar mejor los procesos de duelo migratorio.

Y es precisamente desde ese lugar; desde la escucha, el acompañamiento y la reflexión compartida (y las vistas desde el PASS Coliving en Cantabria) es que hoy escribo esta entrada de blog.

https://movinggrief.eu/

¿Cómo habitamos las ausencias desde el Duelo Migratorio?

“Los míos están bien, pero los míos no están bien, no sé si me entiendes…”

Hay frases sencillas que encierran muchas verdades. En la experiencia migratoria, quizás esta expresión sintetiza una paradoja que muchas personas conocemos de cerca: la distancia cuando la tierra tiembla en casa, la calma aparente tras recibir un mensaje de confirmación y el temblor invisible que permanece en el cuerpo.

Cuando un desastre natural sacude nuestro país o lugar de origen, la distancia física no amortigua el impacto; a menudo lo amplifica. Las horas de escucha y estos días de aprendizaje, me han permitido reflexionar sobre lo que significa habitar ese dolor, cuidar a la distancia y construir redes de contención cuando todo alrededor parece tambalearse.

Vivir una emergencia lejos del territorio donde creciste o donde vive tu gente o núcleo familiar activa pensamientos y emociones profundas, revive y descongela nuestros duelos.

Aparece la impotencia de no estar. Sentir que “quitar escombros” (incluso de manera simbólica como he escuchado a una doliente) es una forma de cuidar a quienes amamos cuando las manos no llegan hasta allí.

También aparece el duelo por el mapa geográfico: la certeza de que las calles, los parques, las plazas y los rincones de nuestra memoria quizá ya no serán los mismos cuando volvamos a viajar (y si podemos volver a viajar…)

Y está la inquietud constante. Ese suspiro después de llamar a la mamá, a la abuela o a las amistades para confirmar que están a salvo, sabiendo que la tranquilidad material no borra el impacto emocional que deja la huella del desastre.

El cuerpo también habla

En la vivencia migrante, el dolor rara vez es simple. Se entrelazan la preocupación por el territorio de origen, las responsabilidades en el lugar de acogida y la ambivalencia de vivir con dos horas geográficas. Es un duelo múltiple, simultáneo y profundamente humano, aunque en la deshumanización de la migración no sepamos reconocerlos.

Existe una dinámica habitual en las situaciones de emergencia: tras la hiperactividad inicial, la movilización y el esfuerzo por reunir ayuda, suele llegar el colapso.

Afloran entonces las crisis de ansiedad, el agotamiento físico y las somatizaciones. Reconocer la necesidad de parar no es debilidad; es una condición indispensable para poder cuidar.

A esto se suma la dificultad de expresar lo vivido a un entorno cercano que, por distancia o desconocimiento, no siempre alcanza a comprender la dimensión de la herida. Esa falta de sintonía puede generar frustración, soledad, culpa y una fuerte presión social por mantener la fachada de que “todo sigue igual”.

Sin embargo, el sufrimiento no necesita justificarse ni medirse en una escala. Validar la diversidad de reacciones y de tiempos emocionales es el primer paso para ofrecer una contención real.

El ritmo del mundo frente al ritmo del Duelo Migratorio

Durante una catástrofe, el tiempo parece fracturarse. Para quien lo vive de cerca o mantiene la atención puesta en la zona afectada, los minutos se vuelven eternos.

Sin embargo, cuando el evento pasa, el mundo exterior exige continuar, producir y “seguir con la vida”, mientras una parte interna de la persona permanece suspendida en lo ocurrido.

Reconocer la tensión entre las exigencias del entorno y la lentitud del proceso personal ayuda a no patologizar el cansancio, la confusión o la necesidad de hacer pausas. No se trata de una incapacidad para afrontar el día a día, sino del tiempo necesario y el agotamiento mental para integrar una experiencia que desordena las prioridades y las actividades de la vida diaria.

Lo que no muestran las imágenes

Aunque el consumo repetido de noticias o vídeos sobre una tragedia o situación de crisis puede resultar agotador, poner palabras a la vivencia permite visibilizar lo que las cámaras no registran: las historias de vida que interrumpen sus rutinas, la pérdida de seguridad y el quiebre de los referentes cotidianos. Pero también reactiva la ambivalencia y la cronicidad del Duelo Migratorio.

Detrás de cada historia de migración conviven la gratitud, la fuerza para ayudar y esa capacidad de salir adelante; pero también las noches largas marcadas por la diferencia horaria, la incertidumbre ante una réplica o la reconstrucción y la imposibilidad de dar un abrazo presencial.

A veces, las personas migrantes se convierten en un puente entre dos realidades: intentan sostener a quienes están lejos mientras continúan trabajando, cuidando y respondiendo a las responsabilidades de su vida cotidiana en el país de acogida. Esa doble presencia también cansa. Esa doble preocupación también duele, y no pasa nada, por eso reconocer nuestros procesos de Duelo Migratorio no alivia un poco el alma.

La comunidad como red de sostén

Ante la pérdida, la respuesta más humana es la construcción de comunidad. Acompañar no significa ofrecer respuestas mágicas ni imponer plazos para superar lo ocurrido.

Acompañar es estar, escuchar, validar y recordar que no hay por qué transitar el dolor en soledad, el Duelo Migratorio existe y no tienes porque a travesar el proceso solo o sola.

Desde AmaMigrar seguiremos promoviendo espacios donde sea posible decir “no estoy bien” sin culpa, donde la vulnerabilidad tenga lugar y donde la comunidad funcione como esa red que permanece cuando la tierra tiembla.

Haciendo visible el duelo migratorio

Precisamente desde esta necesidad de escuchar, nombrar y sostener nace la jornada profesional «Haciendo visible el Duelo Migratorio», organizada una vez al año.

La jornada está dirigida a personas migrantes, hecha por ellas y para ellas, pero también para profesionales migrantes, personas del ámbito social y del impacto social, profesionales que trabajan con personas migrantes interesadas en ampliar sus conocimientos sobre el duelo migratorio.

El encuentro parte de una idea fundamental: migrar no es únicamente trasladarse de un lugar a otro. Supone afrontar despedidas, cambios de estatus, transformaciones en los vínculos, incertidumbre, soledad, miedo, ansiedad y, en muchas ocasiones, la sensación de querer estar en dos lugares a la vez sin poder hacerlo.

El duelo migratorio no desaparece necesariamente cuando una persona se adapta al nuevo contexto. Puede acompañarla durante toda su trayectoria migratoria, reapareciendo en diferentes momentos y adquiriendo nuevas formas. Por eso es importante hacerlo visible, comprenderlo y generar recursos para acompañarlo desde una perspectiva psicosocial.

Contaremos con además un tiempo para dotar de formación, también una mesa de experiencias en la que participarán cuatro mujeres con trayectorias migratorias y profesionales diversas:

  • Irmary Guzmán, de Honduras.
  • Dayana Contreras San Nicolás, de Cuba.
  • Franchesca Becerra, de Chile.
  • Luz Adriana González, de Colombia

Cada una aportará una mirada complementaria desde ámbitos como el activismo, el arte, el emprendimiento, el asociacionismo y el ámbito diplomático. Sus recorridos permitirán conversar sobre las emociones, los desafíos y los aprendizajes que atraviesan los proyectos migratorios desde diferentes perspectivas.

El encuentro tendrá lugar el sábado 24 de octubre, de 10:30 a 14:30 horas, con un aforo previsto de entre 40 y 50 personas. El lugar es la sede de la Fundación por Causa en Madrid. Si quieres más información haz click aquí.

Después de estos meses de cambios personales y profesionales, de acompañamientos, aprendizajes y encuentros, esta jornada representa también una oportunidad para detenernos y mirar la migración desde otro lugar.

Mirar no sólo las cifras, los procedimientos administrativos o las políticas públicas, sino también las emociones, las pérdidas, los silencios, las estrategias de afrontamiento y las redes que ayudan a seguir adelante.

Porque hacer visible el Duelo Migratorio también significa reconocer que detrás de cada proceso migratorio hay una historia, unos vínculos y una persona que está tratando de reconstruir su vida en un nuevo contexto (Si quieres más información, en la web encuentras mucho más contenido).

La gratitud abre la puerta al poder, a la sabiduría y a la creatividad del universo. Tú abres la puerta a través de la gratitud. Deepak Chopra.

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