Hace justo un mes entró en vigor el proceso de regularización extraordinaria en España. He esperado —y creedme que lo he hecho— a que pasara un poco el tiempo para poder ofrecer una opinión crítica y subjetiva sobre este proceso. No desde la perspectiva legal, porque ya hay muchas voces abordándola, sino desde la carga emocional que ha supuesto tanto para las personas migrantes como para quienes hemos intentado acompañar este proceso de la mejor manera posible.
¿Qué pasó hace un mes?
A nivel personal, puedo contar que, coincidiendo con este momento, recibía el premio de la Preincubadora de la Facultad de Trabajo Social con este proyecto. Lo que debía ser un instante de satisfacción, orgullo y pertenencia —por lo lejos que ha llegado AmaMigrar— se transformó en un momento de ansiedad, estrés y una sensación constante de no haber celebrado lo suficiente todo lo que implicaba.
La regularización extraordinaria atravesaba absolutamente todo. Mis dos teléfonos parecían tener “vida propia”: llamadas constantes, mensajes a cualquier hora, personas pidiendo información, compartiéndola, preguntando qué hacer, a dónde acudir o cómo organizarse. Tanto fue así que el discurso que tenía preparado lo terminé transformando, cerrando con una frase que aún resuena: “Estamos en un momento histórico, pero nadie le ha preguntado a una persona migrante que esté en este proceso cómo está”.
Cuando empezó a circular información sobre los trámites, lejos de traer tranquilidad, lo que generó fue más caos. La desinformación creció, y con ella, las largas filas, especialmente para solicitar el certificado de vulnerabilidad, incluso antes de que existiera un documento oficial o criterios claros. Muchas personas se movieron desde la urgencia, sin saber exactamente si era el momento o el procedimiento correcto, lo que aumentó la angustia y esa sensación de estar siempre un paso atrás en un proceso que ya de por sí aunque tenga fecha de caducidad aún un mes después tiene muchas cosas inciertas.

Discursos sobre migración vs. realidad emocional
Durante este mes, los discursos predominantes han girado en torno a cómo la migración es necesaria para sostener el “estado de bienestar”: las pensiones, la mano de obra, la natalidad. Pero, ¿alguien le ha preguntado a las personas migrantes —las que han hecho largas colas, han pagado a abogados con el sueldo de un mes, han dormido en la calle o han recorrido mil sitios buscando información— cómo están?
En medio de estos discursos, muchas veces sensacionalistas, parece que la dignidad y la salud mental de las personas migrantes no existieran. Es más, para poder “sobrevivir”, muchas veces relegamos esa salud mental a un segundo plano, la guardamos en un cajón. Pero basta con que alguien pregunte cómo estamos para que broten lágrimas contenidas, sin respuesta, alimentadas por un proceso de duelo migratorio que se intensifica. Las preocupaciones dejan de ser puntuales para volverse excesivas, la incertidumbre se vuelve cotidiana y la desesperanza comienza a acompañarnos en silencio. Porque las personas migrantes sostienen mucho —muchísimo— para contribuir al Estado de bienestar, y aun así, no siempre son tratadas como personas.
Vulnerabilidad y deshumanización en el proceso emocional de la migración
Ninguna persona pierde valor cuando enferma, envejece o deja de ser productiva. Pero una persona migrante, muchas veces, sí. Aparece entonces un sentimiento de minusvalía asociado a “dejar de ser útil”, como si fuera un ítem más dentro del certificado de vulnerabilidad. Un informe que, por cierto, incluye aspectos como: aislamiento social o falta de red de apoyo, situación de sinhogarismo o vivienda precaria, discriminación o exclusión social, falta de ingresos suficientes, riesgo de pobreza, dificultades de acceso al empleo, personas dependientes a cargo, unidades familiares vulnerables, monoparentalidad en contextos de precariedad, riesgos psicosociales o exposición a explotación o abuso. ¿No afecta, directa o indirectamente, todo esto a una persona migrante en situación administrativa irregular?
Duelo migratorio y salud mental
Muchos de estos factores impactan directamente en el duelo migratorio: el aislamiento social, la precariedad de la vivienda —incluyendo situaciones de hacinamiento—, la discriminación, la inestabilidad económica o el riesgo de exclusión. Pero hoy quiero detenerme especialmente en el riesgo psicosocial, porque migrar pone en jaque nuestra salud mental. Por muy planificado que esté el proyecto migratorio, no llegamos a dimensionar todo lo que implica: la ruptura de vínculos, una soledad no deseada, las dificultades para acceder a vivienda, la discriminación o el racismo incluso al intentar abrir una cuenta bancaria.
Así que, con todo esto, vuelvo a preguntar: ¿cómo crees que están las personas migrantes en un momento histórico como la regularización extraordinaria?
Están navegando un mar de emociones para el que apenas hay explicaciones. Somos muy pocos los profesionales formados en duelo migratorio, y en este proceso —aunque claramente beneficioso y necesario para dignificar vidas— también hay un impacto importante en quienes acompañamos. Profesionales del sector social que han puesto el cuerpo, el tiempo, la empatía y el conocimiento, atendiendo sin descanso, muchas veces sin estar preparados, sin organización suficiente y sin información clara. Un mes después, muchas de estas personas sienten un desgaste profundo, cercano al burnout.
El desgaste emocional del sector social
En momentos de solidaridad, es el sector social quien da la cara. Está claro que unos lo hacen mejor que otros, pero no debería recaer únicamente en ellos. Son los mismos profesionales que trabajan en condiciones precarias, a veces sin formación especializada y que, durante este último mes, han sostenido jornadas intensas y exigentes. ¿Quién les pregunta cómo están? Yo me lo pregunto, porque yo también sentí ansiedad, estrés y frustración en esas primeras semanas.
La regularización extraordinaria es, sin duda, un proceso hermoso que dignifica. Pero no es fruto de una única decisión política. Recordemos que esto comenzó hace tiempo, a través de la ILP Regularización Ya. Es el resultado del trabajo colectivo de la ciudadanía, de voluntarios y voluntarias, de entidades del tercer sector que entendieron —mucho antes— que humanizar la migración no es caridad: es justicia social.

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PD: El duelo migratorio existe. Se intensifica en momentos de crisis. Háblalo, compártelo y pide ayuda. Por suerte, existen profesionales especializados que pueden acompañarte en este proceso. Si quieres más información, te dejo el enlace de la web: https://amamigrar.com/duelo-migratorio/