Este lema «migrar es un acto de coraje» no fue sólo el mensaje con el que Nathy Peluso abrió el último concierto de su gira Grasa en Madrid; fue, sobre todo, una declaración de intenciones. En un mundo donde, al hablar de migración, muchas veces se nos percibe como personas carentes de humanidad, desiguales o ajenas, esta frase nos invita a recuperar el amor, el sentido de pertenencia y todo aquello que nos une como comunidad.
Hace una semana, antes del concierto, mi vida cambió. Después de esa semana hay un antes y un después. Nathy Peluso; su fuerza, su ciclón y su energía, entró en mi vida a través de una llamada telefónica, y lo cambió todo.
¿Qué pasaría si habláramos de la migración desde el coraje?
Tal vez lo primero sería reinterpretar las historias de las personas migrantes en clave de necesidades: ¿cuáles intentamos cubrir cuando migramos? ¿Cuáles son las de los lugares de acogida? ¿Y qué ocurre con los territorios que “pierden” ese capital humano?
También deberíamos cuestionar nuestras narrativas. ¿Por qué no pensamos la migración desde el lado romántico del amor? La externalización y criminalización del hecho migratorio niega todas estas posibilidades. Instalamos un discurso de miedo, de invasión, y despojamos a quienes migran de su necesidad profunda, mientras permitimos que muchos sigan mirando hacia otro lado, como si el dolor ajeno no nos afectara como sociedad.
Migrar no se trata solo de cubrir necesidades básicas. Detrás de cada decisión hay motivaciones personales, el deseo de acertar en la vida, de encontrar prestigio, credibilidad o ascender s(muchas veces en lo económico, pero también en lo humano) el problema es con los ojos con los que vemos a las personas que migran y como la aporofobia, los sesgos y el racismo juegan un papel crucial en esa mirada.
¿Cuál es entonces la propuesta de valor? ¿Por qué migrar es un acto de coraje?
Si buscas la definición de la palabra coraje, entenderás de qué hablo. La migración tiene coraje, pero también incertidumbre, miedo, ausencia… y mucha alegría. Es un viaje que pone en evidencia nuestros privilegios y nos recuerda nuestra humanidad «todos y todas estamos hechos de trocitos de migración»

De esto hablé hace poco en Lanzarote, en unas jornadas organizadas por Ciclón del Atlántico, una asociación cultural formada por colombianos. Su propósito no es solo transmitir cultura, sino celebrar la interculturalidad y cómo, en gestos tan simples como bailar salsa, encontramos espacios que nos llenan el alma, porque nos recuerdan que el encuentro y la alegría son un refugio ante la desesperanza.
En esa isla, reflexionado y dialogando, también me di cuenta de una cosa. España vive un momento clave. La entrada en vigor de la regulación extraordinaria podría devolver dignidad y oportunidades a muchas personas que, por el propio sistema, permanecen en los márgenes.
No es una cuestión de caridad, es justicia social. Estudios e informes como el del Oberaxe indican que una persona en España puede estar un promedio de varios años en situación administrativa irregular antes de obtener su primer permiso de residencia y por ello, España pierde aproximadamente 17.000 millones anuales.
El reto no esta en conseguir la regularización, sino en mantenerla porque implica tener un empleo que cumpla con los requisitos necesarios para su renovación. La Fundación Por Causa ya lo dijo: regularizar no es solo un acto de justicia social, también es una medida de control. Permite que más personas contribuyan al Estado, alquilen viviendas, mejoren sus condiciones laborales y accedan a recursos y oportunidades. España necesita migración porque, más allá de ser “manos de obra”, somos personas con historias, proyectos y futuro.
¿Y después de la regularización, qué?
La verdad, no lo sé. La última fue hace veinte años. Conozco a muchas personas beneficiarias, pero desconozco el procedimiento y todo lo que implicó. Lo que sí sé es que entonces se regularizó a miles de personas, y que esta vez podrían ser también muchas. Los beneficios no llegarán de inmediato, sino con el tiempo.
Mientras tanto, las personas migrantes seguiremos migrando, moviéndonos, bailando en la alegría, acuerpándonos en las tristezas, buscando un futuro mejor y sosteniendo ese coraje que tantas veces necesitamos para seguir avanzando. Porque migrar, en su esencia más profunda, siempre será un acto de coraje.
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